martes, 8 de marzo de 2011
Dolor
Mucho dolor... muchísimo. No veía nada. Todo estaba tan borroso... y mucha oscuridad. Tenía ganar de gritar, de romper algo, pero mi rabia sólo se expresa a través de mi por medio de lágrimas, lágrimas, lágrimas y más lágrimas. La fuerza e intensidad de tan solo una palabra puede hacer tu corazón pedazos en menos que nada. Desconfianza, duda, indiferencia... qué todo por lo que has luchado se caiga ante tus pies. Que nada de lo que has hecho parece que haya servido para algo. El esfuerzo para mejorar, día a día, poquito a poquito... se queda en nada en a penas unas palabras. Palabras como cuchillos que se te clavan y no te dejan respirar. Palabras que duelen, que te hacen sentir mal, culpable y lo único que piensas es en esos momentos felices, en los que has estado bien. Recuerdas las risas, los juegos, las miradas, los abrazos, lo recuerdas y te aferras muy fuerte a ellos para que el dolor se vaya cuanto antes. Sabes que él es más fuerte, más poderoso, pero mantienes en tú mente esos recuerdos y qué todo va estar bien, qué todo se va a arreglar pronto. Instantes que se te hacen eternos, siguen las palabras arrastrandote hacía el abismo del dolor, engullendote más y más, apretandote la cabeza mientras invade tus ojos impiendote seguir viendo. El dolor, ese enemigo íntimo. Aparece sin más... pero tarda tanto en desaparecer. Pero cuando se va todo se acaba, se van con él las lágrimas y el corazón se desencoje hasta volver a la normalidad, vuelves a ver y no sientes ese vacío inmenso de soledad en el cuerpo. Aún así siempre estará en tus recuerdos, cerca de todos los buenos, en una esquinita esperando para volver a atacar.
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