Te agarré con fuerza. Tanta, que creo que podría haberte roto la camiseta y hubiese sido poco. Luché desesperadamente por salir de aquel agujero al que sin querer volví a caer. Es bastante más difícil de lo que parece. Te oía hablar, pero no entendía exactamente el significado de tus palabras aunque sí recuerdo que eran de ánimo. Mi vista se nubló, mis ojos se mojaron y volvió la oscuridad. No quería moverme por miedo a hacer algún movimiento en falso que me hundiese más todavía. Es como las arenas movedizas. Te tragan lentamente y cuánto más rápido te muevas o intentes salir, más te tragan. Lo único que hice fue cerrar los ojos y... esperar.
Notaba tu calor aunque tenía frío. Tus manos me sostenían por la cintura y el cuello mientras tu boca daba un recital de palabras que bailaban en mi cabeza sin coordinación alguna. Me apretaste contra ti, esta vez si lo noté más conscientemente. Mi mente estaba en otro sitio. Allí donde el dolor habita y los sueños son de cristal. Estaba sola en un vació negro y oscuro. Se limitó a dejarse llevar por la situación.
Entonces vi una pequeña luz, creo que tenía barba.
Empecé a escuchar palabras con sentido y el frío fue desapareciendo poco a poco. Ya apenas me temblaba el alma. Los recuerdos que se me habían clavado como agujas en el corazón fueron cesando su agonía. Abrí los ojos desconcertada y te vi. La tristeza en tu rostro me miró desconsoladamente mientras me susurraba que ya era hora de parar. Y lo era. Mi mano buscó con desesperación la tuya como una madre busca a su hijo perdido. Me estremecí. Lo peor ya había pasado, otra vez.Ya está, ya pasó.
Tus dedos secaron mis lágrimas mientras podía oír el sonido de tu corazón exaltado que buscaba la manera de encontrar al mío y consolarlo. En ningún momento me separé de tu lado. Tus brazos me protegieron de aquel abismo, más que eso, me sacaron de lo más profundo del dolor para traerme de vuelta al mundo real. Se me hizo eterno. Las lágrimas cesaron y tu boca se acercó a la mía. Cogiste aire lentamente para soltarlo muy rápido, pero no me besaste. Nuestras frentes se rozaban imitando una caricia. De nuevo un abrazo más.
No llores más por favor, estoy contigo.
Sonreí levemente y te besé. Después cada situación se encajó a su momento, la tristeza se escondió en el armario y nosotros nos fuimos volando en una nube de algodón.
No sé cómo darte las gracias pequeño. Te quiero más que a nada.
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