Gordi de mi corazón (también gordi de mi vida). Que te quiero mucho más de lo que imaginas, y también te echo de menos a menudo, aunque no lo diga. Ya eres la persona con la que he estado más tiempo, que ya es mucho decir... Si es que eres mi enana, aunque a veces me enfade contigo por liadas, luego me siento mal cuando mi hija se cabrea :C. Que me encanta pasar tiempo contigo, aunque a veces creas que no... hay días en los que prefiero estar solo y descansar de todo, pero me lo paso muy bien en nuestro banco, en la playa, en los paseos... si es que eres la graciosa de la pareja. En resumen, que te quiero mucho guaposa, que te voy a echar mucho de menos durante tu vijae, y que ojalá esto dure mucho tiempo más (esto fue lo que me emocionó profundamente...).
Gor ♥
Gor ♥
Ya estoy de vuelta, 11 días sin verte. Llegar a la casa y reconocer ese olor a cerrado tan peculiar que siempre flota en el aire cada vez que volvemos de viaje me ha parecido el olor más maravilloso del mundo. Cuando he entrado en mi cuarto, lo primero que he visto sobre mi mesa ha sido tu carta. Tu carta. Tu primera carta para mi. Me la he acercado para olerla y entonces retiro lo dicho, ese olor sí que era el más maravilloso del mundo. Te he echado mucho de menos, más de lo que he echado de menos a nadie. Sentía que sólo quería que llegase la vuelta, el coche, el martes... para poder verte. Se que tu también me has echado de menos, aunque seguramente yo un poco más. He pensado mucho en ti, muchísimo. Pero todo esto ya lo sabías. Uno de mis días en Amsterdam terminé 'Nunca olvides que te quiero' y hubo un párrafo... en el que hubiera deseado tenerte lo más cerca posible de mí. Tu ya me entiendes.
Les Gens de Mer era un hotel años setenta que habría encantado a tía Zita. No quedaba lejos de la estación, tenía una vista interesante de la dársena del puerto y encima era de un Kitsch... En la fachada de hormigón blanco había dos hileras de puertaventanas con ángulos redondeados, y en la habitación que nos tocó había un estampado azul sintético desde el cubrecama hasta las cortinas. Apenas dentro, Louison abrió la ventana, se quitó el pantalón y me esperó con las manos agarradas al reborde, los muslos en tensión, el sexo abierto. La follé así, con el vientre contra su espalda, casi imperturbable ante aquel extraordinario vis a vis. El sol levaba anclas y en el cielo crecía una especie de aureola mientras los últimos rayos rojizos atravesaban las nubes. Estabamos excitados por lo remoto, aquella habitación desconocida, el baño en el mar, todo tenía un aire nuevo, incluso su cuerpo parecía haberse renovado, era más perfecto si cabe que el día anterior, con sal, con arena, tropical. Me agarraba a ella, a sus hombros, su nuca, su pelo, le acariciaba el vientre, los pequeños senos erectos bajo la blusa de seda que no se había quitado, redondos, palpitantes, pero entre la tela y la piel ya no sabía qué correspondía a qué, pues todo era suavidad, sudor y fiebre, y sin dejar de darme la espalda, me apretó las nalgas para que acelerara, para que llegara más al fondo, sus uñas pintadas de rojo penetraban en mi carne, dispuestas a infligir en ella una herida indeleble, la marca del demonio, se echó hacia delante, se arqueó un poco para hundirse más y dio con la cabeza contra el extremo del cristal, violentamente, unas cuantas veces, yo quise protegerle la frente con la mano pero se apartó, lo que quería eran los golpes, deseaba más fuerza, más profundidad, «al fondo del fondo, ven al fondo del fondo de mi», y el orgasmo que tuve aquel día no creo que vuelva a vivirlo nunca más.
No cenamos, no salimos de la habitación. La experiencia se repitió cuatro veces: sobre la mesa de imitación nogal, en la ducha de azulejos azul descolorido, en la misma moqueta áspera y, como colofón, en la cama; la esperazanza irrisoria de dormir unas horas. Tenía la certeza absoluta y definitiva de haber decubierto el Amor, el que lógicamente no existe más que en los cielos bajos y cargados de los poetas fallecidos, el que la realidad no ofrece al común de los mortales, esa A en la que solo Hollywood es capaz de hacer creer, con gran acompañamientos de violines y guionistas pagados en exceso. No me atrevía a dormirme por miedo a gritar "Te quiero" una vez bajada la guardia por el cansancio y absoluto delirio de un rabo saciado. Pues todo aquello no era más que jodienda, una larga e intensa jodienda sin sentido, pero la invitación de Louison a acompañarla me había parecido la señal irrefutable de que el virus ya se había metido en sus carnes, de que el "tramo del camino" acabaría siendo una larga autopista florisa en dirección al Olimpo. Estaba muy equivocado: aquella escapada era el gesto de gracia condedido por un torero con escarpines dorados. Aún no lo sabía, pero su seno en mi boca era el último pitillo del condenado.
Fer, nunca olvides que te quiero.

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