
Ahora, con la mirada más calmada y la mente en contacto con la realidad (la verdadera) puedo darme cuenta de que quizá haya que hacerse un poco más mayor. De que hay que demostrarle al mundo, a la vida, a mí misma, que estoy aquí (en el mundo de los mayores!) y que he venido para quedarme. Que ya no soy una niña. No. He crecido. Hoy, en muchos sentidos. Ayer, en unos cuántos más. Y tal como yo aprendo cosas de ti, supongo que tú también aprendes alguna que otra cosa de mí (buena o menos buena). Eso me gusta. ¡Me gusta! Tengo ganas de dar un grito ahogado que deje sordo a media España, que se giren y me miren. Estoy aquí. Aunque la verdad me conformaría con que sólo algunas personas se dieran cuenta. Bah. Quizá tarden mucho... o quizá no. Dentro de unos cuantos años todo será diferente. A lo mejor de mientras, debería colocarme un cartel luminoso de esos que hay en Las Vegas en la cabeza con letras gigantes parpadéando rojo y diciendo "Ya soy mayor, abre los ojos de una... vez". No se puede ser pequeña y grande al mismo tiempo, aunque yo lo he intentado. Mucha cabezonería hay en mí.
Leo y releo unas cuantas veces, pero no me reconozco. ¿Dejar de ser pequeña? Técnicamente deje de serlo hace unos años, pero nadie se dio cuenta (ni yo misma!). Es cierto que todos llevamos a un niño dentro (metafóricamente...) y yo desearía sacarlo de vez en cuando y que no saliese cuando le apetezca, como suele hacer. Crece. Madura. ¡Piensa antes de hacer las cosas! Te lo repites ahora... pero ¿y en el momento de la verdad? ¿dónde está el maldito pepito grillo cuando se le necesita? Detesto no reaccionar. ¡Pudiendo hacer mejor las cosas las hago mal! me consuelo diciéndome que bueno, que entonces si todos pudiesemos controlarnos la vida sería un auténtico rollo, todos perfectos, todos iguales. Así cualquiera se enamora. Pero no es excusa... ¡No! No lo es. Mira hacia delante, y sobretodo... promete que volverás a llorar. Nunca más.
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