Miras a la derecha, después a la izquierda. Otra vez a la derecha por si acaso y cruzas. Líneas pintadas en el suelo de dos colores diferentes: negro y blanco. Llegas al final y sigues andando. Notas al aire, el frío. Ves a otras personas andando en varias direcciones. A veces en dirección contraria, a veces en la misma dirección. ¿Dónde irán? Miras el reloj, aún es pronto. Encuentras un banco a la sombra y te sientas. Sin pensarlo apoyas las manos detrás y miras hacia arriba. El cielo apenas se ve, está nublado, aún así llevas gafas de sol. Vuelves a mirar el reloj, ha pasado un minuto. Instintivamente la buscas con la mirada entre la gente. Pero no, no puede estar aquí. Si estuviese aquí tendrías razones por las que preocuparte. Miras el reloj por tercera vez. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez? Suspiras. Vuelves a pensar en ella, sin poder evitarlo. Pero un momento... ¿cómo era su voz? No la recuerdas. ¿Y sus manos? ¿Y de qué color eran sus ojos? Tampoco eres capaz de recordarlo. Te invade una triste desesperanza. Debes volver a verle. Te levantas y vuelves por donde viniste. Pero... ¿cuál era el camino de vuelta? Te paras. Miras hacia todos lados pero nada te resulta familiar. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Sigues andando de todas maneras, cruzas las líneas blancas y negras sin recordar haberlas cruzado antes. Tu instinto te incita a continuar. Las demás personas se van quedando atrás hasta que consigues quedarte sola. Intentas seguir avanzando pero no puedes. ¿Por qué? Hay un cristal delante. Pones las dos manos sobre él, te acercas. Entonces le ves. Está al otro lado. Pero no está solo. Todos los demás están con él. Lo llamas. Golpeas el cristal con fuerza. Entonces él te mira, te sonríe a la vez que te saluda con la mano. Hace un pequeño corazón con sus dedos. Te dice adiós. Se gira junto a los demás y comienza a caminar. Tú le gritas de nuevo. No quieres que se vaya. Sigues y sigues gritando, pegando fuertemente contra el cristal. Era imposible romperlo. Tus rodillas ceden provocando tu caída. Las lágrimas caen sobre tus mejillas. Se está marchando. ¿Por qué no puedes romper el cristal? ¿Por qué no ha venido a por ti? De repente sale el sol. Te vuelves y la ves. Una luz intensa y reluciente, cálida como el más bonito de los abrazos. Te levantas sin mirar atrás y empiezas a caminar. Pero ¿él no viene contigo? Te giras de nuevo hacia el cristal, pero se está volviendo negro. Sigues quieta, sin moverte, expectante. Recuerdas que él no puede venir. Antes lo sabías ¿por qué lo has olvidado? Aún así no sonríes. Ojalá estuvieras en el otro lado. Eso te hace pensar ¿por qué estás aquí? No recuerdas haber estado nunca en este lugar que antes te parecía tan familiar. Y ¿estas personas? ¿quiénes son? De repente miles de pensamientos inundan tu cabeza pero son frenados por una voz.
─¿Por qué estás aquí?─escuchaste. Era una niña pequeña. Miraste alrededor buscando a su madre, no sabes por qué, y respondiste.
─No lo sé, estoy intentando recordarlo. ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí?─dijiste. Ella sonrío y no respondió. Volviste a preguntar.
─¿Por qué estás aquí?
─Porque he venido a buscarte─dijo por fin.
─¿A buscarme? ¿A mí? ¿Por qué?─te asustaste. No querías irte a ningún sitio, de hecho, estabas intentando recordar aún por qué estabas aquí y... ¿qué era lo otro? ¡Él! Se había ido, tenías que ir a buscarle pero, ¿no había algo que te lo impedía?
─Ya llegó la hora─interrumpió tus pensamientos. Eso te hizo recordar... ¿estabas esperando algo? ¿Qué era?
─Sé que tenía que hacer algo pero, no consigo recordar qué era. ¿A dónde quieres llevarme?
─Al mundo─respondió. Meditaste su respuesta durando unos segundos.
─¿Quién eres?─dijiste. Ella hizo un amago de responder pero no lo hizo. Se acercó despacio y te cogió la mano. Miles y millones de imágenes y colores te atravesaron dejándote semi inconsciente. Te levantaste sobresaltada, con un nudo en la garganta y sudando como si acabases de tener la peor de las pesadillas.
─¡Ya sé quién eres! Pero ¿por qué estás aquí? Y ¿yo? ¡Yo no debería estar aquí!─se produjo un silencio─¡¿Por qué estás aquí?!─dijiste casi llorando.
─Porque nunca voy a nacer.
Entonces todo se volvió nítido. Recordaste aquel grito. Recordaste el dolor, las lágrimas, los golpes. Recordaste el suelo frío del baño. Recordaste agua, mucha agua. Recordaste el frío, la carne de gallina. Recordaste aquel cuchillo, recordaste la sangre, mucha sangre. Pero lo que más recuerdas fue que nadie te dijo adiós. Recuerdas la soledad. Estabas sola, nadie estaba contigo. La miraste.
─¿Por qué lo hice?─dijiste.
─Porque pensabas que no tenías elección─se borró su sonrisa.
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